| 1. Paradojas de la globalización cultural
Dos ámbitos decisivos de la vida se encuentran hoy globalizados
microelectrónicamente y cruzan fronteras sin limitaciones de espacio
ni dilaciones en el tiempo, a saber, la información y las finanzas.
Ocurre con la transmisión de mensajes lo mismo que con la circulación
del dinero: no hay límite espacial ni demora temporal entre emisores
y receptores de mensajes. Esto crea una interdependencia inédita
en la economía financiera y en el diálogo a escala planetaria.
Interdependencia que se juega en las antípodas: como máxima
vulnerabilidad económica de las sociedades nacionales frente a movimientos
que ocurren en cualquier otro punto del planeta, y como apertura de nuevos
nichos en la economía global donde las economías locales
pueden insertar sus productos. Y en el campo de la comunicación:
oportunidad inédita de recrear y pluralizar nuestra identidad con
las señales que otros nos envían a distancia y que nos hablan
de otras formas de ver el mundo y, en contraste, debilitamiento de las
identidades por su exposición al flujo incesante de señales
que las recubren, las interpelan y las disuelven. La globalización
no tiene, por tanto, un signo único. Por el contrario, conjuga todas
las opciones en un guión de final abierta. Al menos, por ahora.
El hecho de que los flujos de información y la circulación
de imágenes en la nueva industria comunicativa sean instantáneos
y globalizados, imprime en quienes participan percepciones paradójicas.
De una parte infunde la sensación de protagonismo en la construcción
de mensajes, porque a través del ciberespacio son cada vez más
(aunque proporcionalmente pocos) los que hacen circular sus discursos con
un esfuerzo mínimo. De otra parte sensación de anonimato
al contrastar nuestra capacidad individual con el volumen inconmensurable
de mensajes y de emisores que están presentes a diario en la comunicación
interactiva a distancia. Para los que sólo acceden a la televisión
y no a la pantalla del monitor (y que son la abrumadora mayoría),
el protagonismo creciente por la decodificación propia de los múltiples
mensajes ajenos, tan tematizada ahora por los estudios culturales de recepción
local; y en contraste con ello la conformidad con el hecho de que no serán
nunca ellos quienes decidan sobre qué imágenes, qué
textos y qué símbolos se imponen en el mercado cultural.
Por un lado la impotencia del sujeto ante un orden que lo rebasa en volumen
de información, de transacciones, mensajes e innovaciones tecnológicas;
y por otro lado las tantas nuevas opciones de autorealización por
vía de la extroversión mass-mediática (o por el contrario,
imposibilidad de realizarse por esta extroversión en que nada sedimenta
de verdad); de una parte la expansión de la interlocución
desde lo presencial al diálogo a distancia como expediente cotidiano
de vínculo con el otro, y por otro lado la aniquilación del
otro en esta falta de presencialidad que afecta una porción creciente
de nuestros actos comunicativos.
Todo esto hace que en la subjetividad se recombinen nuevas formas
de ser activo y ser pasivo, nueva percepción del tiempo y la distancia,
nuevas representaciones del diálogo y la comunicación, nueva
relación con la información y el conocimiento. Probablemente,
formas que están signadas también por otras jerarquías
de lo bueno y lo malo, lo útil y lo inútil, lo entretenido
y lo aburrido. A nivel global, otros efectos asociados: la obsolescencia
acelerada de los puntos de vista en el baile general de las interpretaciones,
y al mismo tiempo el atrincheramiento fundamentalista como mecanismo de
defensa frente a este baile. Menor perfil en el conflicto ideológico
(porque no hay ideología que resista semejante transparencia informativa
y diversidad de interpretaciones), pero al mismo tiempo un mayor peso,
a escala internacional y local, del conflicto entre culturas y valores
(como nuevo "punto focal" en las tensiones y diversiones que unen la conciencia
personal con la aldea global). De un lado la pérdida de memoria
histórica a medida que aumenta la información sobre la contingencia
de turno y, en contrapartida, destreza en manejo de la anticipación
y actualización de información. Más plasticidad de
espíritu y a la vez más inconsistencia valórica. No
es sólo, como piensa Peter Berger, la globalización de los
ejecutivos, los académicos y la cultura popular. Es un cambio de
tempo y de tiempo que lo permea todo.
De manera que la globalización afecta las categorías
básicas de nuestra percepción de la realidad en cuanto transgrede
la relación tiempo-espacio y la reinventa bajo condiciones de aceleración
exponencial: se comprimen ambas categorías de lo real por vía
de la microelectrónica, que hace circular una cantidad inconmensurable
de "bits" a la vez en un espacio reducido a la nada por la velocidad de
la luz con que estas unidades comunicativas operan. Tal aceleración
temporal y desplazamiento espacial se dan con especial intensidad en los
dos ámbitos recién señalados donde la microelectrónica
tiene aplicación: en la circulación del dinero y de las imágenes
(como íconos, pero también como textos). Si algo no tiene
precedente es el volumen de masa monetaria y de imágenes que se
desplaza sin límites de espacio y ocupando un tiempo infinitesimal.
¿ Pero cómo se distribuye ese incremento en la circulación
entre las personas? Sin duda de manera paradojal: mientras el dinero viaja
concentrándose, las imágenes lo hacen diseminándose.
Un reciente informe de las Naciones Unidas sobre concentración de
la riqueza en el mundo señala que actualmente la fortuna sumada
de las 225 familias más adineradas del planeta es equivalente a
lo que posee el 47% más pobre de la población total del mundo,
que suma alrededor de 2.500 millones de habitantes, y las 3 personas más
ricas poseen más dinero que el PIB sumado de los 48 países
más pobres. En contraste con ello, el número de aparatos
de televisión por cada mil habitantes ha aumentado exponencialmente
durante las últimas cuatro décadas, y crece la redificación
de la TV por cable a una velocidad aún mayor. Con ello se agiganta
la brecha entre quienes poseen el dinero y quienes consumen las imágenes.
Tanto más inquietante resulta esto cuando consideramos que las imágenes
se distribuyen gracias al dinero de las empresas que publicitan sus productos
y servicios en la pantalla, con lo cual promueven expectativas de consumo
y de uso cada vez más distantes de la disponibilidad real de ingresos
de la gran masa de televidentes.
Con ello la globalización impacta sobre las sociedades nacionales
exacerbando simultáneamente sus brechas sociales y su desarrollo
comunicacional. El abaratamiento relativo de la conexión a la pantalla
no guarda proporciones con el precio de los productos que se publicitan
en ella. Crecen simultáneamente una cultura de expectativas de consumo
y una cultura de frustración o sublimación de aquéllas.
El individuo medio de una sociedad periférica se ve obligado a disociar
entre un amplio menú de consumo simbólico y otro, mucho más
restringido, de acceso al progreso material y a una mayor participación
en la carreta del progreso. La ecuación de la síntesis entre
consumo material y consumo simbólico, promesa histórica del
desarrollo o de su discurso, debe recomponerse en la cabeza de la gran
mayoría de latinoamericanos que se tragó el cuento de la
modernización con happy end incluido. Por ningún lado asoma
ahora esa síntesis que se esperaba obtener de la modernización
clásica: síntesis entre integración material (vía
redistribución de los beneficios del crecimiento), e integración
simbólica (por vía de la política, los mass-media
y de la educación). Asistimos más bien a una caricatura,
con un portentoso desarrollo de opciones de gratificación simbólica
por vía de la apertura comunicacional, y una concentración
creciente de los beneficios económicos de la apertura externa en
pocas manos. Para los demás, las manos vacías y los ojos
colmados con imágenes del mundo. Valga esta caricatura para hacer
más gráfica la realidad.
¿ Significa esto más desintegración, o una dosificación
distinta de los componentes de la integración social ? La pobreza
no disminuye su proporción dentro de la población total de
los países en desarrollo; pero sí aumentan sostenidamente
la densidad de televisores y computadores (los primeros ya en casi todos
los hogares pobres, los segundos expandiéndose rápidamente
desde la clase alta hacia la clase media), y las expectativas de consumo
de toda la población. Por cierto, las compensaciones a la desigualdad
material por vía de la identificación simbólica no
son tan marcadas como en otras sociedades menos secularizadas (pienso sobre
todo en las de raigambre islámica, más homogéneas
en cultura y en valores, y que por esa vía resuelven la falta de
integración socio-económica). Sin embargo la globalización
también produce, a su manera, un curioso efecto de identificación
colectiva en nuestras sociedades y en nuestras juventudes: no con decálogos
o mandatos divinos pero sí con una sensibilidad publicitaria común,
una estética del zapping o el shopping en que jóvenes ricos
y pobres comulgan, una cultura del software y de los discursos ad hoc,
un perspectivismo de pantalla y una empatía con el melodrama. Las
miles de señales que se emiten por múltiples medios de comunicación
de masas van generando, sobre todo entre los jóvenes, complicidades
grupales, tribus muy cohesionadas hacia adentro (aunque sea de manera efímera
y espasmódica), símbolos épicos o líricos para
el consumo de masas. En esto Brasil puede constituir un nuevo paradigma:
el país con la peor distribución del ingreso de América
Latina y las mayores desigualdades geográficas, posee una industria
cultural transnacionalizada, una de las mayores empresas de la imagen en
el mundo (O Globo), y una densidad televisiva que permite que ricos y pobres
comulguen juntos, una hora al día, frente a los mismos dramas de
las mismas telenovelas.
2. Entre la estandarización y la diferencia
Frente a estas dinámicas la producción de sentido colectivo
es una caja negra, o al menos una caja de pandora. Puede, por ejemplo,
desembocar en un integrismo cultural y valórico que adquiere rasgos
mesiánicos de distinto tipo: movimientos escatológicos de
izquierda y movimientos neofacistas de derecha, probablemente marginales
y sin perspectiva de alterar el patrón de desarrollo capitalista,
pero con efectos disruptivos en el orden público y en la seguridad
ciudadana; grupos esotéricos cerrados que objetan en bloque todo
lo que huela a modernidad y progreso; tribus suburbanas que recrean los
íconos de la industria cultural en código propio y sin traducción
hacia el resto de la sociedad; idolatrías obsolescentes en que se
mezclan, de modo siempre singular, el glamour del estrellato con las carencias
crudas de la cotidianeidad; el panteísmo urbano-posmoderno en que
los semidioses adorados van desde el código satánico (a lo
Iron Maiden) hasta el código andrógino (a lo Fredy Mercury),
travesti (a lo Boy George) o ascéptico (a lo Michael Jackson).
Pero en las antípodas de esta segmentación tribal en
que los ídolos e íconos se consumen de modo tan diferenciado,
está el efecto unificante y transnacionalizado que impone la cultura
publicitaria, el Macmundo y el Disneymundo. Los grandes centros comerciales
y sus escaparates, locales de fast-food y de video-juegos, ferias de automóviles,
deporte-aventura y parques de diversiones: da lo mismo si están
en su lugar de origen (los Estados Unidos) o en cualquier ciudad latinoamericana.
Tienen la misma impronta en todos lados, la misma estética publicitaria,
el mismo hiperritmo de sabores y colores, la misma cooptación de
la creatividad por el mercado. Es el mundo transnacionalizado donde la
riqueza de la imagen corre pareja con la pérdida de espesura, y
donde la circulación de las imágenes es tan fluida como la
del dinero. Nueva racionalización global en que priva el continuo
reciclaje de formas, la combinatoria que genera provisorias diferencias
específicas, la fusión del marketing , shopping , zapping,
trecking, etc., en una subjetividad que se duplica al infinito a lo ancho
del continente.
La vida se modifica en este pacto entre el metabolismo interno y
la velocidad de circulación de la imagen. No es la preminencia del
ojo y el oído sobre el resto de los órganos sensoriales (al
estilo McLuhan), ni de las sensaciones sobre el análisis (al estilo
Maffesoli), sino la prevalencia de la composición sobre el sentido,
del editing sobre el argumento (al estilo Lyotard o Baudrillard). Por cierto
puede haber decodificaciones y recreaciones específicas generadas
por un grupo o en un lugar, pero la racionalización homogeniza por
el lado del esteticismo de pantalla y de la provisoriedad de las identificaciones,
une las diferencias bajo el vértigo común de la obsolescencia
acelerada que es propia de los mercados competitivos. En otras palabras,
porque
hay racionalización universal en el consumo, hay enorme potencial
de diversificación en los sentidos que se abren, a escala local,
de ese mismo consumo.. Nos fundimos con una nueva forma de la racionalidad
instrumental que sustituye, opone, contrasta, ilustra, sugiere, desecha
y recicla. En cada uno de estos actos hay una diferenciación en
potencia, el embrión de un nuevo código tribal o de un nuevo
rito intraducible.
En el campo de los mercados culturales y de la cultura del mercado
asistimos a un espectáculo incesante: infatigable secuencia de siluetas,
figuraciones, recombinaciones hipercreativas. Esta sensibilidad "light"
se estrella, empero, con el muro opaco del descontento social, coexiste
sin diluirse con los jóvenes "duros" de las ciudades latinoamericanas.
La juventud popular urbana difícilmente puede aceptar la suave cadencia
postmoderna desde su tremenda crisis de expectativas. Pero sólo
ingresando en este régimen donde la imagen circula a la velocidad
de la moneda (y por tanto tiene siempre más valor de cambio que
de uso), puede el sujeto reconfigurar sus expresiones y hacerlas visibles
en el espacio público, sea la calle, el muro, la pandilla, la fiesta
del barrio, la barra brava o el videoclip.
La producción de sentido se diversifica al ritmo del procesamiento
del consumidor y la circulación de las formas, y por otro lado se
homogeniza en la medida que lo funcional invade el mundo sensible. Por
cierto, los códigos intraducibles de las tribus urbanas responden
también a la voluntad por resistir dicha funcionalidad, devenir
irreduciblemente locales, desbordar la lógica sistémica con
espasmos de identidad, cuajar franjas de desorden en sitios que esas mismas
tribus logran "descolonizar". El mismo sentido de la emancipación
se sustrae de los grandes proyectos colectivos y se reparte en miles de
identidades grupales, esquirlas de utopía que ya no difieren a la
eternidad del futuro sino que intensifican en la complicidad del instante.
En esta coexistencia paradójica la vida crece en insularidad
y en interdependencia. La permeabilidad en la integración blanda
del consumo cultural coexiste con la opacidad de las pobrezas duras en
las metrópolis latinoamericanas. Los "backstreet boys" son en estos
dos sentidos: música MacMundo y marginados del zaguán. La
esquina tiene una ventana por donde entra la ventolera del efecto-dominó,
provocada por la devaluación del rublo o los "alcobazos" de Clinton.
Pero tiene también su puera trasera que da al léxico territorializado
de los que fuman bazuco y acuñan su furia en las paredes.
3. Transculturalidad, nueva utopía
Hechas las distinciones precedentes me gustaría interrogar:
¿cómo utopizar desde y dentro de la globalización
cultural E inevitablemente me viene la tentación de una respuesta:
la nueva promesa para el deseo libertario de la modernidad encarna en la
posibilidad de ensanchar el espacio de la subjetividad en la multiplicación
del intercambio comunicativo. La nueva tierra prometida está en
todas partes, incluso en el living de la casa o en el bar de la esquina.
Pasa por lar la compenetración entre culturas y sensibilidades radicalmente
distintas que, por efecto de las migraciones y la comunicación a
distancia, van generando nuevas aleaciones, perspectivas y formas de entender
el entorno. Allí conviven la alquimia de las miradas que se cruzan,
con la aceptación de esta alquimia como un proceso que se dispara
en múltiples direcciones y que por lógica debiera augurar
cambios de mentalidad, disposición a devenir-otros, apertura a la
diferencia.
La utopía transcultural apostaría, pues, a que en la
progresiva permeabilidad entre culturas y sensibilidades distintas, dados
por el efecto mediático y el migratorio, todos vamos desarrollando
una suerte de pasión antropológica, donde el conocimiento
del otro-radicalmente-distinto nos embarca en el juego a ser otros (un
juego agonístico en que la exploración antropólogica
se funde con el vuelo existencial). La auto-experimentación encuentra
en el viaje transcultural y en la combinación de estilos sus versiones
más seductoras. De pronto, recrear perspectivas en el contacto con
el "esencialmente otro" se vuelve accesible en un mundo donde la heterogeneidad
de lenguas, ritos y órdenes simbólicos es cada vez más
inmediata.
Ya no es sólo la tolerancia del otro-distinto lo que está
en juego, sino la opción de la auto-recreación propia en
la interacción con ese otro. Al viejo tema del respeto por el otro
se acopla, no sin conflicto, la nueva aventura de mirarnos con los ojos
del otro. Y entrar en esa mirada del otro me hace a mí ser otro
respecto de mí.
Si se concibe el vínculo con el otro en el marco de una comunidad
de sujetos que se resignifican y permean en sus múltiples producciones
de sentido, la transculturalidad adquiere implicaciones fuertes. La comprensión
del otro produce en mí un desplazamiento de perspectiva. El pluralismo
deviene perspectivismo. No es sólo repetir la crítica al
etnocentrismo y concederle al buen salvaje el derecho a vivir a su manera
y adorar sus dioses. Más que respeto multicultural, autorrecreación
transcultural: regresar a nosotros después de habitar las miradas
de otros, ponernos experiencialmente en perspectiva, pasar nuestro cuerpo
por el cuerpo del Sur, del Norte, del Oriente, en fin, dejarnos atravesar
por el vaivén de ojos y piernas que hoy se desplazan a velocidad
desbocada de un extremo a otro del planeta, repueblan nuestro vecindario
con expectativas de ser como nosotros, pero también lo inundan con
toda la carga de una historia radicalmente distinta que se nos vuelve súbitamente
próxima.
En esta óptica, el sujeto sintetiza su propia historia con
retazos de historias que provienen de otros confines biográficos
y geográficos. Este cambio permitiría, a su vez, distinguir
claramente entre lo singular y lo particular (lo singular como transfiguración
específica o combinación singular, lo particular como atomización),
y entre lo sintético y lo totalizante (lo primero como mezcla abierta,
lo segundo como racionalización cerrada). En un pensamiento de la
diferencia, esta diferencia en los conceptos no es banal. La idea que subyace
es que para afirmar su diferencia en esta compenetración entre sensibilidades
heterogéneas, el sujeto rompe la compulsión a la particularidad
propia. El particularismo es incompatible con la disposición a experimentar
dentro de la piel del otro, sobre todo cuando la "otredad del otro" se
juega precisamente en su piel.
En este desplazamiento de perspectivas algo significativo resuena
en el sujeto. Mi diferenciación respecto del otro queda transmutado
en incesante diferenciación conmigo mismo. Pero no se trata tanto
de dar la espalda a la propia historia como de abrirla al cruce con otras
historias. La compenetración entre lenguas, formas de alimentarse
y cuidarse el cuerpo, erotismo, en fin, en las vertiginosas migraciones
que van de este a oeste y de sur a norte, en la ubicuidad del ojo de cualquiera
que ve el mundo a través del monitor, y en la progresiva culturización
del conflicto político tanto a escala nacional como internacional,
late un reto común: las síntesis transculturales no sólo
se convierten en reto a la apertura, sino en necesidad de esta apertura
para evitar paranoias de desidentidad. La compenetración de perspectivas
se desata en todas las direcciones y amenaza -o promete- metamorfosis inéditas.
Son cada vez más pluridireccionales, intensivos y acelerados los
desplazamientos geográficos de culturas enteras, mientras los mass-media
las ponen a todas en la punta de nuestras narices. Al decir del filósofo
francés Gilles Deleuze: "El yo disuelto se abre a una serie de roles
porque genera una intensidad que presupone la diferencia dentro de sí,
lo desigual en sí, y que penetra a todos los otros, a través
y dentro de los múltiples cuerpos. Siempre hay otro aliento en el
mío, otro pensamiento en el mío, otra posesión en
lo que yo poseo, mil cosas y mil seres implicados en mis implicaciones."
Si la comunidad de sujetos está signada por la permeabilidad
recíproca y la compenetración en la producción de
sentidos, un orden multicultural intensivo e hiperexpresivo, como el que
nos toca vivir hacia el final del milenio, pareciera colocar la plasticidad
en el altar de los valores donde antes yacía la tolerancia o el
consenso. "Apertura o aniquilación de la subjetividad", tal podría
ser el slogan de supervivencia en una comunidad atravesada por la multiplicidad
de culturas, el (des)encuentro de imaginarios, el baile de las sensaciones.
O el atrincheramiento en el particularismo o la creatividad de la mezcla.
Si la permeabilidad transcultural es suficientemente profusa y profunda
para que la subjetividad pueda recrearse a través suyo, indica que
algo significativo está ocurriendo. En parte caótico, en
parte intraducible, en parte imprevisible y en parte también transvestido.
Proliferación de expresiones neopaganas (mezcladas con comuniones
cibernéticas, epifanías en imágenes virtuales y voces
gregorianas sintetizadas), cultores de música de fusión indu-jazz
o huaino-rock o afro-blues, subculturas urbanas que mezclan el panteísmo
con la revolución o el apocalipsis con la alucinación del
último reventón, conexión a primera vista -en internet-
entre un coleccionista de desnudos de Madonna y un voyerista de monitor,
en fin, recomposición vertiginosa de lazos sociales y orgasmos comunicacionales.
¿ Se insinúa, acaso, en este torrente de precarios encuentros,
una voluntad colectiva, aunque dispersa, que busca liberar pulsiones expansivas
en las mutaciones de la contingencia ? A medida que se diversifica el menú
de la mezcla, se intensifica su frecuencia, se singularizan sus contenidos
y se hacen más recurrentes: ¿No crece también la ilusión
de auto-recreación a la vuelta de la esquina, sincronía fugaz
de la mezcla entre dos voluntades que se descubren en una reunión
esotérica o en el monitor de la computadora, intensidades grupales
acuñadas en el instante, compenetraciones periféricas que
no pueden ser conmensuradas desde ningún lugar central, permeabilidades
provisorias de las que nadie regresa incólume a su casa?
4. Entre la apertura transcultural y la tiranía de la ratio
En la aldea global esta invitación a recrearse en la experiencia
transcultural anima nuevos deseos de utopía. No pretendo minimizar
el peso vigente de la ratio como valor de cambio universal en un mundo
unificado por la productividad moderna, ni soslayar la amenaza que los
fundamentalismos culturales le plantea a los valores de diversidad y tolerancia.
Pero la existencia de la ratio como moneda internalizada por una proporción
creciente de la población global no pareciera impedir, simultáneamente,
la tendencia cultural hacia las antípodas: explosión centrífuga
de muchas monedas en el imaginario transnacionalizado, combinaciones incontables
que no responden a un cálculo meramente racional sino que imbrican
emociones, sensaciones e incluso deseconomías.
Hoy día la "des-monopolización" de la ratio sobre el
campo de la subjetividad viene pensada con otras consideraciones: ¿
Cómo convive la difusión progresiva de la racionalidad productiva
moderna con la mezcla creciente de lenguajes y sensibilidades culturales?
Ya no se trata de atribuirle a esta mezcla espuria epítetos como
"atavismo premoderno" o "traba al desarrollo" de la racionalidad del homo
economicus. Tampoco tiene mucho sentido la tentación apocalíptica
de afirmar, sin más trámite, que asistimos a la liquidación
de las diferencias por su incorporación total en la circulación
mercantil y en el fetichismo de la razón instrumental. Ni tiene
sentido, en el otro extremo, la tentación acrítica de celebrar
el caleidoscopio global como si en él los conflictos no fuesen más
que ejercicios agonísticos para embellecer singularidades, desconociendo
que en la heterogeneidad se dan todavía, y con mucha fuerza, relaciones
de dominio y colonización culturales. Por último, un escenario
en que se abren tantas posibilidades de singularización y de síntesis
suscita incertidumbres: ¿Cuál es el límite de escala
en esta dinámica, hasta dónde existe agregación de
combinaciones, dónde se ubican los puentes sobre los cuales puede
construirse un imaginario común comunicativo entre miles de síntesis
neotribales?
Hoy más que nunca hay condiciones subjetivas y objetivas para
afirmar la diferencia. Pero también, más que nunca, hay irracionalidad
en el consumo, miseria evitable, injusticia social, violencia en las ciudades
y entre culturas. La disolución de identidades perdurables y la
multiplicación de referentes valóricos no conllevan necesariamente
a un desenlace liberador. Entre los posibles efectos podrán encontrarse
tanto la rigidización de fronteras (desenlace reactivo), la disminución
del compromiso social (desenlace pasivo), la atomización en referentes
grupales de tono particularista, y salidas intermedias entre la mayor tolerancia
y nuevas formas de regulación del conflicto.
Nunca tuvo tanto poder de reproducción global la ratio, inscrita
en las comunicaciones, en el consumo, en la política y en la economía
abierta. Nunca, tampoco, existió tanta mezcla. Nueva York no es
sólo la capital de las finanzas sino también la torre de
Babel, la imagen condensada del mundo en que conviven la diversidad y la
exclusión, la explosión y la implosión de las culturas,
la diversidad de formas y la unificación por el dinero. A la fuerza
centrípeta del shopping center y las migraciones modernas, se complementa
la fuerza centrífuga de los cruces estéticos y de la transculturización.
La obsolescencia acelerada forma parte tanto de la exacerbación
de la ratio mercantil, como del descentramiento de esa misma ratio por
efecto de las metamorfosis de la cultura y la caducidad de imágenes
que proveen los mass-media. "Pasar de moda" habla del tremendo dominio
de la moda, pero también de su imposibilidad para perpetuarse o
imponerse de manera homogénea. La masificación de la posibilidad
de afirmar la diferencia: ¿ es el final de la diferencia, o el final
de la masificación ?
A mayor porosidad para las metamorfosis y las nuevas interpretaciones,
mayor exposición a la pérdida de sustancialidad, lo que a
su vez allana el terreno para la hegemonía de la razón formal.
La ratio se relativiza con la proliferación de puntos de vista,
pero se refuerza por la falta de un punto de vista suficientemente masivo
y continuo para interpelarla. Cierto: más voces y más diversas
pueblan los micrófonos de los mass-media, y hay mayor gama en opciones
de identificación a medida que se amplían las fuentes de
emisión de mensaje en la aldea global (video, tv-cable, redes interactivas).
Pero al mismo tiempo es mayor la necesidad de una racionalidad instrumental
para mantener los cables desenredados, asegurar la optimización
del equilibrio en el caos de discursos que se cruzan, conjugar la racionalización
de lo público con la privatización de los vínculos,
archivar en los compartimentos precisos los múltiples actos de comunicación
que se incorporan como flujos de capital simbólico adicional, en
fin, compatibilizar la diferenciación con la racionalidad de mercado
y con el mercado cultural.
Por cierto, hay mayor potencial auto-recreador por vía del
viaje intercultural cultural o del nomadismo mental ("enraizamiento dinámico"
del que habla Michel Maffesoli). ¿Queda trascendida o meramente
debilitada la necesidad de pertenencia? Atomismo y fragmentación
en el sistema social, diversidad de los símbolos en la cultura.
¿Utopía llevada al plano la sensibilidad, lejos del campo
de la administración política y de la organización
del trabajo? El paraíso reconquistado está en las antípodas
de la imaginación utopizante de Moro o de Campanella: anarquía
en los valores, y total asimetría en el acceso a los bienes socialmente
producidos. ¿ Qué racionalidad, si no es política,
puede equilibrar la experiencia libertaria de la diferenciación
personal con la superación de la pobreza? ¿ Y desde qué
racionalidad sustantiva exaltar la transfiguración singular y la
permeabilidad entre nuevos códigos, sin dejar de regular contra
la violencia, el abuso, la discriminación y la exclusión
social? La política entra por la ventana.
5. La negación del otro, o como utopizar desde el estigma
¿ Pero cómo conjugar la invitación a la compenetración
transcultural en un continente como el nuestro, atravesado por las tremendas
diferencias en el acceso a los nuevos recursos de comunicación interactiva,
aplastado por la exclusión masiva de los que no se han podido montar
a la carreta del progreso, y signado por una larga tradición de
segmentación cultural? Para el caso de América Latina, la
utopía transcultural que nos propone la aldea global pareciera impensable
si no se reducen las brechas en las oportunidades que disponen distintos
grupos sociales para participar como sujetos activos en el intercambio
simbólico a distancia; si no se encaran los contrastes entre integración
simbólica y desintegración material; y si no se promueve
una ciudadanía que no discrimine entre ciudadanos de primera, segunda
y tercera categoría.
Respecto de esto último, se afirma con frecuencia que una
modernización incluyente requiere, hoy más que nunca en la
región, de la progresiva construcción y extensión
de ciudadanía moderna, vale decir: de actores sociales con posibilidades
de autodeterminación; con capacidad para intervenir mediante un
intercambio racional en el "mercado" político y en los espacios
públicos; con pleno derecho a tener derechos en el plano social
y jurídico; y con acceso a información y conocimientos para
insertarse con mayores oportunidades productivas en la dinámica
del desarrollo.
Dada la propia dinámica actual del desarrollo, donde la centralidad
del conocimiento y las mutaciones y los entrecruzamientos culturales constituyen
elementos decisivos, la afirmación de identidades culturales es
un núcleo esencial en la construcción de la ciudadanía
y en la capacidad incluyente de la modernización. No puede limitarse
el discurso sobre la ciudadanía a mecanismos representativos (si
bien son fundamentales), sobre todo en una región donde la falta
de tolerancia y la no-aceptación de la diversidad cultural han sido
la base para discriminar entre ciudadanos de primera, segunda y tercera
categoría. No es tarea fácil superar la larga tradición
de lo que hemos llamado en otra parte la dialéctica de la negación
del otro, donde la negación cultural (de la mujer, del indio, el
negro, el pagano, el mestizo, el campesino, el marginal-urbano, etc.) constituye
el cimiento en que a su vez se monta una larga tradición de exclusión
socio-económica y dominación socio-política.
La relación conflictiva con el otro-distinto-de-sí
se remonta en América Latina al período de descubrimiento,
conquista y evangelización del continente. Pero no acaba allí,
sino que sobrevive y se transfigura innumerablemente a lo largo de nuestra
historia. No pretendo reducir el patrón de exclusión a una
originaria dialéctica de la negación que marca el inicio
de la Conquista de América. Por cierto, la exclusión hoy
día se explica por múltiples fenómenos, de carácter
sociodemográfico, por las dinámicas (o insuficiencias dinámicas)
de acumulación capitalista, etc. Sin embargo, la negación
originaria de la cultura del otro —negación enraizada en los procesos
de conquista, colonización y evangelización—, constituye
un mástil en torno al cual se adhiere, con mayor facilidad, el itinerario
de la exclusión que adviene en las dinámicas de modernización
y en los sesgos elitistas de constitución de nuestras sociedades
nacionales.
La dialéctica de la negación contiene muchos pliegues.
Desde el lado del descubridor, el conquistador, el evangelizador, el colonizador,
el criollo y finalmente el blanco, la negación parte de un doble
movimiento: de una parte se diferencia al otro respecto de sí mismo,
y en seguida se lo desvaloriza y se lo sitúa jerárquicamente
del lado del pecado, el error o la ignorancia. En el pensamiento latinoamericano,
e incluso en sus ideologías del progreso y del desarrollo, esta
jerarquía se perpetúa todavía hoy como diferenciación
entre el lugar del logos y el lugar del rito. El otro —indio, autóctono,
no occidental — es el sujeto en que se realiza el rito: la realidad mágica,
el folklore, el saber precientífico, la expresividad espontánea
y el arte local. El logos —como dominio de la razón, del discurso
"verdadero", de la ciencia y del desarrollo— es el dominio del "blanco",
del occidental, en suma, la voz del progreso.
La negación del otro por parte de las elites políticas
y económicas (las elites que asumen su identidad como criolla, casi
nunca como mestiza) tiene, asimismo, otras caras contrapuestas y pendulares.
Por un lado el otro es el extranjero, y la cultura política latinoamericana,
en sus versiones más tradicionalistas y autoritarias, ha exhibido
con frecuencia esta resistencia al otro-extranjero: aquello que "amenaza
nuestra identidad" desde fuera,que corroe la nación como un virus
que se introduce desde la frontera. En el extremo opuesto, el propio "criollo"
latinoamericano ha negado al otro de adentro (al indio, al mestizo) identificándose
de manera acrítica y emuladora con lo no autóctono, sea europeo
o norteamericano.
Desde el lado del "negado" (indio, negro, esclavo, mujer, mestizo,
campesino, marginal, pobre), el proceso de negación del otro también
se vive con más de una cara. Por un lado se introyecta como autonegación,
es decir, como cercenamiento de la identidad propia frente a sí
misma. Despojado del asidero que podía dispensarle su propia identidad
cultural, y del horizonte de sentido que dicha identidad le confería
a su vida, navega por una orfandad interminable en medio de un mundo en
que no logra reconocerse. Por otro lado se vive esta negación como
una asimilación siempre deseada y siempre frustrada al mundo de
lo "blanco", al progreso, en fin, a la modernización.
La identidad se ve de esta manera signada por una suerte de promesa
incumplida o de proyecto trunco. Roger Bartra propone la imagen del axolote
como metáfora del migrante rural-urbano en el México contemporáneo
para ilustrar esta integración trunca Así como el axolote
es un anfibio mexicano peculiar que se reproduce sin llegar nunca a madurar
del todo, el "pelado" en la cultura mexicana actual es el campesino urbanizado
pero nunca del todo integrado. "Aunque el pelado mantiene algunas de las
características típicas de su origen campesino, es un ser
que ha perdido sus tradiciones y que vive en un contexto que todavía
le es extraño (...) Se le ha arruinado el alma antigua y en su corazón
no se escuchan todavías las cadencias modernas (...) es un ser contradictorio
e híbrido, en cuyo interior chocan dos corrientes: recela de sí
mismo, de la parte que en él es extranjera, de los impulsos que
lo dirigen a rumbos contradictorios (...) tiene el atractivo adicional
de permitirle al mexicano asomarse al abismo del drama existencial y sentir
el vértigo de la modernidad." La figura rural-urbana de esta metamorfosis
y desidentidad, que en el caso mexicano encarna en la figura del pelado,
tiene versiones específicas en todas las sociedades de la región
y se extiende bajo la forma de una cultura urbana sumergida, tensada entre
el impulso a la metamorfosis y la "caída" enla melancolía.
Esta "desidentidad esencial" del otro-oprimido también tiene
su correlato político el otro-oprimido aparece siempre al margen
de los espacios sociales en que se formulan y deciden los grandes proyectos
colectivos, y en que se asignan los recursos. Esta falta de acceso define,
en importante medida, la cultura oprimida. También se desarrollan,
del lado de este otro-negado, estrategias de preservación de la
diferencia, que se observan claramente en la música, el arte, la
danza, el ritualismo y el sincretismo religioso, los sistemas de cultivo
y de supervivencia, los vínculos comunitarios y las reivindicaciones
de territorio y de uso de la lengua vernácula.
La dialéctica de la negación del otro precede a la
dialéctica de la exclusión. La negación no se interrumpe:
se transmuta. En la historia de la región hay continuidad temporal
entre la negación y la exclusión: los descendientes de los
negros que fueron esclavos traídos de Africa, y de los indios que
fueron sometidos por la conquista, son hoy, en su mayoría, pobres
y marginados (aunque no sean los únicos pobres o marginados). El
estigma no se interrumpe ni con las revoluciones de independencia, ni con
la empresas modernizadoras, ni con el Estado de derecho. Las distancias
socioeconómicas, en muchos países de la región, siguen
acompañadas por el color de la piel o por la lengua.
Revertir la negación o la discriminación del otro-distinto-de-sí,
y reconocer a ese otro como parte de una identidad colectiva que también
nos incluye a nosotros, puede llegar a ser una forma de salir democráticamente
al encuentro y la invitación que nos plantea la globalización,
entendida como utopía transcultural. América Latina requiere
conjurar sus marcas atávicas si aspira a participar de esta invitación.
La permeabilidad entre sujetos, sobre todo cuando se trata de sujetos socioculturales,
sólo puede hacerse en el marco de una normativa ciudadana que funde
u obligue a la más profunda relación de reciprocidad en derechos
y en voces.
La reciprocidad en derechos y la mejor distribución de oportunidades
es complemento irreductible para la horizontalidad propia de una utopía
transcultural. Esto es válido en el orden interno pero también
en el orden internacional. La asimetría en el flujo de bits que
bajan de norte a sur y de occidente a oriente, con las que suben de sur
a norte o viajan de oriente a occidente, constituye a escala global una
suerte de réplica de las desigualdades internas. La transculturalidad
es incompatible con cualquier forma de colonialismo cultural o de imposición
de un modelo único. De allí que, como promesa deseable, dicha
transculturalidad coloca en el camino el problema de la hegemonía
(sobre todo norteamericana) y de la negación/exclusión en
nuestra región. La utopía sirve, por tanto, como horizonte
que no sólo marca una esperanza emancipatoria, sino una agenda de
lucha para encarnarla.
Lo mejor de la globalización (la utopía transcultural)
tendrá que confrontarse con lo más duro de nuestra tradición
(la negación del otro). Es una tensión que debemos pensar
como abierta en su desenlace si aspiramos todavía a desempolvar
el gusto por las utopías y la disposición a encarar sus obstáculos. |